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domingo, 16 de junio de 2013

Entre el imaginario y el mundo. Una película imposible y una posible ficción desmesurada.


En una película de Cine sin Autor, existen al menos dos sujetos sociales que van empujando las ideas hacia un lugar común. Las personas cualquiera y el equipo de técnicos. De los primeros  estalla la chispa del contenido que debe mantener su combustión durante el largo tiempo de trabajo. 
El segundo debe allanar el camino para la emergencia de ese imaginario.
El trabajo disolverá las fronteras entre unos y otros.
Montar una obra colectiva supone volver sobre el material de una larga conversación que produce sentidos, derrotero de escuchas no siempre fácil, de disputas, de miedos,  de fascinaciones y sobre todo de trabajo compartido. El montaje es una reafirmación sobre los laberintos filmados del pasado.
La casa del individualismo va siendo derribada para acceder al lugar de lo común, de lo que termina por interesarnos al conjunto.
Nuestro privado imaginario se hace público. No todos quienes acuden hablan. La diversidad fluctúa con los tiempos. El silencioso. La equilibrada. El impositivo. La ingeniosa. El impulsivo. Luego cada uno va cambiando de etiqueta. Durante los meses que duran los procesos vemos levantarse lentamente el edificio no siempre reluciente de la película. Ahora toca revisar todos los rincones, ajustar, solventar deficiencias, repetir escenas si se puede, tomar decisiones de coherencia. 
Hay algo vago en el funcionamiento colectivo. Algo narcotizante. En la indefinición individual se afirma lo colectivo. La danza del sentido deambula en ese limbo que es pensar entre todos. 
En mitad de los diferentes condicionamientos de la gente común, la narrativa aparece y se esconde entre la vida y sus inconvenientes.