lunes, 25 de abril de 2011

Los segundos orígenes del cine. ¡Organizarnos!

Si estamos realmente, como lo hemos planteado muchas veces, en una Segunda Historia del cine, es oportuno considerar que estaríamos, entonces, en sus orígenes así como ocurrió con la Primera Historia.
Mientras podemos comprobar cómo el estado tecnológico, las herramientas, los medios de producción del cine han adquirido un nuevo status, vemos, a si mismo, que el estado social, la comprensión de esa potencia, la conciencia social de lo que esos medios pueden proporcionarnos permanecen empantanados en la Primer Historia. Empantanado en un orden social estructurado en su cómodo capitalismo de minorías, en un énfasis por mantener el viejo espectador en una actitud antigua acorde a los viejos esquemas.
¿Podemos hablar de unos primeros y segundos orígenes del cine? Creemos que sí, si eso nos permite reaccionar socialmente. En los orígenes de la Primer Historia, nos cuentan que hubo una acelerada organización socio-empresarial en torno al cine. De los titubeos de la última década del siglo XIX a la fecha de consolidación del invento y del año de su declarada invención al momento inmediato de expansión de esta actividad comercial, no hubo demasiado tiempo.
Posiblemente la facilidad que supuso una invención en tan poquísimas manos, creó las condiciones (como pasa con cualquier invento, por otra parte) para que se desarrollara una organización socio-empresarial que se se dedicara a la explotación del aparato y la actividad para hacerla crecer rapidamente.
Digamos que el primer fenómeno social en términos organizativos, del cine, es fundamentalmente organización empresarial que a la vez constituyó por puro defecto, a una gran mayoría de gente (nada menos que al resto del mundo) en una masa potencial de consumidores de sus productos cinematográficos, sus fotografías en movimiento.
Los gestores del cine se organizaron productivamente mientras que los espectadores carecieron de cualquier tipo de organización para quedarse colgados de su función común: acudir a diferentes lugares de exhibición a mirar, pagando, el nuevo espectáculo.
El Cine fue la cumbre de una Cultura Autoritaria, basado en ese formato de minorías emisoras-exhibidoras y mayorías perceptoras-consumidoras. Separadas por el muro del negocio y su mecánica y el abismo ideológico que sostuvo su moral estética así se estableció: unos producen esas películas y otros las miran, unos saben los secretos, la magia, diría Chaplin, de hacer cine y otros desconocen la operativa de esa magia y ni sueñan en poder producirlo.
Rápida y acelerada progresión del negocio del cine a pesar de esa permanente cantarola de los historiadores que nos repiten que ni Edison ni los hnos. Lumière le veían prosperidad a aquel invento. Por las cifras no parece tan claro.
La recaudación de la mítica primera exhibición en Paris apenas cubrió el importe del alquiler del salón, unos 35 francos. Pero según cuentan. a las dos semanas, el impacto había sido tal que ya recaudaban 2500 francos diarios dadas las interminables colas que se congregaban a la puerta del Gran Café.
Pero si nos vamos a pocos años después, en 1904, el primer imperio cinematográfico, la Pathé francesa, ya estaba abriendo agencias en Londres, Moscú, Bruselas, Berlín y San Petersburgo,. En 1906 las abrió en Amsterdam, Barcelona y Milán y en 1907 en Budapest, Calcuta y Singapur llegando en su apogeo a suministrar a los EEUU más películas que todas las casas americanas juntas. Esto en aquella época muy diferente en movilidad a la nuestra.
En 1908 EEUU contaba ya con 10000 salas con un aforo diario de entre 4 y 5 millones de entradas y en 1922 se contabilizaban, en este mismo país, 40 millones de espectadores por semana.
De esa manera, una actividad marginal de ferias, se constituyó en solo unos pocos años en un negocio altamente rentable para tranformarse apenas una década más tarde en una creciente y monumental industria. La progresión de sus orígenes según los cuentos de historia.
Las reacciones a este gran paradigma del negocio, fue viniendo en diferentes dosis por parte de escuelas, movimientos y cineastas que insistieron en otro tipo de representación que pudiera sensibilizar a aquellos espectadores hipnotizados por la mercancía audiovisual, y presentarles películas que funcionaran como el gesto de quien despierta a un dormido esperando que salga de su sueño.
Ese avasallante crecimiento creo un estado social en torno al cine que no dejó mayores dudas sobre su estructuración: quien produce y quien paga para mirar.
Toda esta reflexión nos viene de pensar en los orígenes de la Primer Historia del cine. Y recurrimos a estas inexactas rememoraciones (todo parece tan impreciso a veces en el baúl de historia cinematográfica) porque cuando hablamos de una Segunda Historia en la que estamos inmersos ya, nos da por pensarla en términos de un segundo origen. Y si nos hiciéramos las mismas preguntas ¿qué diríamos?
¿Qué procesos de aceleración se están dando? ¿Qué crecimiento organizativo tendrá el cine? ¿Qué significa y qué panorama nos abre la ya incuestionable debacle de un tipo de negocio, de industria cultural? ¿Qué formas narrativas y modelos de producción se originarán en las próximas décadas para que un historiador del siglo XXII pueda hacer lo que nosotros con el siglo XX?¿Hacia dónde va el cine y sobre todo, hacia qué estructuraciones sociales podría ir si no hay un único camino? ¿O todo seguirá igual al siglo que le vio desarrollarse?
Y puede ser muy satisfactorio hacer aspavientos de los temblequeos de la industria en su caducado modelo, de las nuevas posibilidades técnicas de la era digital, del trastorno total de los sistemas de producción, circulación y exhibición, del abaratamiento de la realización y de todo lo que ya estamos viviendo, pero el asunto no es solo que se desplome el edificio en donde mal vivíamos, el asunto es si tenemos la fuerza imaginativa, la seriedad técnica, el tesón metodológico y el impulso vital de anticiparnos echando a andar un modelo o modelos de producción distintos que nos lleven a un panorama cultural realmente nuevo en torno al cine. Porque el peligro constante con el sistema capitalista es siempre el mismo. Se cae o le tiramos alguno de sus edificios y luego nos pasamos abrazándonos de emoción durante todo el día, nos acostamos a las tantas de la noche sin dejar de comentar el suceso fantástico y al siguiente día nos empezamos a reunir para ver qué hacemos con tan noble oportunidad que nos plantea la historia. Y mientras comenzamos a diseñar, a la mañana siguiente, ese nuevo establecimiento donde seguramente viviremos nuestra más sublime utopía, resulta que ya han comenzado a llegar las máquinas de otro capitalista que durante la noche, seguramente en alguna cena de alto standing, negoció el título de propiedad del terreno con algún dirigente con poder y esa misma mañana está comenzando allí la construcción de su centro comercial. He ahí el final de nuestra fiesta.
Solo sirve una imaginación curtida por las dificultades, el espesor, la precariedad de una práctica que pudiera anticiparse en alguna medida, a soñar con precisión el futuro.
Y responder a la pregunta ¿qué hacemos entonces? se torna urgente. Porque rapidamente se están planteando nuevos modelos de exhibición que aseguren una rentabilidad a los propietarios y allegados de las diferentes fábricas de cine al estilo siglo XX. Sabemos que la red de distribución y las salas de exhibición fueron el gran trofeo a controlar para asegurarse los cuantiosos beneficios que el cine podía reportar a sus propietarios.
Pero las salas de cine han ido conociendo el desierto. La tecnología ha preparado un siglo XXI donde miremos para donde miremos encontramos una gran multitud de pantallas exhibiendo productos audiovisuales y diferentes tipo de soportes para su circulación y formas de exhibirlo.
La tendencia de las industrias del cine va obviamente a una la reacomodación a las nuevas condiciones tecnológicas: privatizar todo tipo de pantalla existente y todo soporte de distribución y circulación que amenace sus prácticas de beneficio. La tendencia es a conservar la prioridad de hacer el cine minoritario del siglo pasado pero amplificando sus diferentes formas tanto de circulación como de exhibición. Es decir, no tocar los esquemas sociales de producción y por sobre todas las cosas, cuidar que los beneficiarios sigan siendo el mismo tipo de casta productora.
¿Qué hacer?
Ya curados de espanto con esa infértil espera de que pase algo espectacular y evidente que cambie nuestras vidas y el ordenamiento social en el que vivimos, pues una de las cosas que nos parece necesaria y urgente por la que trabajar es en la sustitución de aquella vieja organización social empresarial minoritaria de los primeros orígenes por la organización social de la gente común de los segundos orígenes en torno a un nuevo concepto de cine.
El presente tecnológico nos ofrece, entonces, la posibilidad de poner a funcionar otros modelos, ensayarlos y depurarlos, contaminar las instituciones educativas y culturales de las prácticas, corromper la inercia de esa pasividad espectadora de quien solo consume películas hechas por otros y en definitiva abrir, abrir los amurallados recintos de la producción cinematográfica, pervertirla, quitar los muros de sus guiones y guionistas, sus actores y actrices, sus montadores y sus montajes, sus directores y sus directrices, sus inversores y sus beneficios, para construir un siglo de cinematografías colectivas desde la población espectadora.
Si lo pensamos así, resulta maravillosamente difícil imaginar el futuro. ¿Que nuevos territorios audiovisuales podrían llegar a ofrecer diferentes colectividades organizadas para representarse ? El panorama es más que adverso, lo sabemos. Igual que sabemos que el cine no puede por sí mismo cambiar el cínico ordenamiento de nuestras sociedades capitalistas. Pero también sabemos que en su primer historia, el fuerte paradigma del cine nos conformó, en gran medida , nuestro imaginario, moldeándolo al vaivén de las minorías productoras. Tenemos que tener al menos la valentía de soñar otra realidad cinematográfica muy distinta. Una que nos reconfigure nuestro imaginario, ya que tenemos la obligación y el derecho de imaginar otra sociedad diferente a la que hemos heredado. Por el solo capricho de soñarla y como resistencia a un sistema que, también sabemos, opera como un interruptor que desactiva la vida...social... que siempre está emergiendo... a nuestro lado. Todo gran sueño comienza en una precaria realidad que lo contiene. No despreciemos la potencia de nuestra cercana realidad.

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