domingo, 8 de abril de 2012

¿Qué es una buena película? Criterios de autenticidad y liberación del gusto.

"¿Qué es una buena película?" es el título de un libro de Laurent Jullier donde se sumerge en una reflexión sobre “el juicio del gusto” a desenmarañar la complejidad que tiene ese frecuente acto de “opinar” luego de haber visto una película.
Si bien el autor arriesga, digamos, seis criterios de juicio que entiende que conforman las opiniones generales o que podrían componer un mosaico limitado de criterios de autenticidad, se aleja totalmente del recetario y la sensación del libro es interesante porque desnuda los complejos mecanismos que se desencadenan en ese tiempo imperceptible, esa zona intermedia en la que nunca nos detenemos: el instante que queda entre “ver un film” y “opinar” sobre el. Su reflexión rompe con ese acto reflejo y la carga de reflexión.
¿Que te ha parecido la película?... Momento de suspensión... identificación de condicionantes, de operaciones mentales en juego, de criterios adquiridos, de contaminación intelectual del gusto....
Aunque está volcado a ese universo cerrado de “las películas”, esa representación tan pegajosamente unida a la palabra cine, la reflexión fuerza el momento previo del juicio del gusto, de la opinión, para hacernos conscientes que por espontánea que sea dicha opinión, siempre está conformada en un “sistema de operaciones mentales y lingüísticas” y atravesada de un cruce entre “objetos y usos sociales” que van más allá del hecho de ver y formar el comentario.
“Las razones para que nos guste una película no pueden exponerse siempre en su totalidad, en todo caso, no al primero que llega: muchos transportamos con nosotros una pequeña filmoteca inconfesable” dice el autor. “Si por ventura me hacen la tópica pregunta sobre cuál es mi película de cabecera... tiendo a adaptar mi respuesta al interlocutor...”
No vale la pena enumerar los criterios del buen gusto que el libro desarrolla para no convertir justamente en recetario lo que es todo lo contrario.
Pero sí nos quedaremos en esa zona intermedia, en ese intersticio que nos abrió el libro para plantearnos una pregunta: ¿cómo conformar el gusto por el cine dentro de otro sistema de autenticidad?
La democratización y colectivización de la producción, sabe quien nos sigue, nos parece el arranque necesario para cualquier replanteamiento del gusto. Si estamos en otra Política (de la colectividad) y otro modelo de producción, otro tipo de Fábricas con otro Sistema de Estudio (en Abierto a la participación y gestión de cualquiera), si el sistema cine es desactivado y relanzado bajo otras operativas y otras significaciones: ¿cómo se conforma el nuevo gusto cinematográfico bajo esta política?
En varias de las experiencias que hemos tenido podríamos decir que se provoca una verdadera disfunción entre el gusto y la fascinación que los participantes han tenido como “productores”, protagonistas, realizadores de una película y el gusto y la fascinación que siguen teniendo como “espectadores” del cine de otros, que en principio no varía.
Si tuviéramos que medir nuestra eficacia por el impacto o la transformación de nuestros protagonistas en sus hábitos espectadores y su juicio estético, diríamos que fracasamos casi rotundamente. Es decir, no se logra en un proceso de película de cine sin autor hacer entrar en conflicto la mirada espectadora. Es como si la experiencia vivida en nuestros procesos quedara en un planeta interior y la de espectador que ya traía, en otro, con sus preferencias de siempre mirando sus películas de siempre.
Sabemos que ningún proceso es rotundo y hay efectos que operan en otras coordenadas de tiempo y bajo otras mecánicas perceptivas. Que los efectos no siempre son a primera vista evidentes. Eso también lo hemos comprobado. Pero en general no hay cambios sustanciales en el “gusto cinematográfico” como espectadores cuando se paricipa en un proceso de Cine sin Autor.
Ya sabemos que habrá que sumar muchos tiempos de producción cinematográfica, hacerlos habituales, para que pueda ir conformando lentamente el espíritu productor que debe debatirse con una operativa espectadora que lleva instalada en la población desde los orígenes del cine. Nacemos y nos desarrollamos como espectadores.
Un camino para una nuevo gusto parece pasar por el abandono de la representación como eje de la experiencia cinematográfica.
Es remarcable que Michel Gondry haya presentado en Cannes sus “Fábricas de films amateur” donde el punto de interés en el estamento cinematográfico, ha sido su modo de producción participativa y no una película determinada. Remarcar el modelo de fabricación y no el film no quiere decir que las películas no han de tener importancia, sino, más bien, que estamos en un momento histórico del cine donde lo importante es hacer hincapié en el modelo, para poder abrir caminos más interesantes.
Es verdad que las novedades en el cine siempre han estado relacionadas a las novedades de su fabricación técnica que, a la vez, produce novedades formales y estéticas, pero posiblemente no es nada habitual que la elite cinematográfica preste atención a un modelo más socializado de producción que permita a la gente hacer sus propio cine.
Esto esconde, como siempre, una clara ambigüedad: el estamento oficial del cine acepta un modelo de producción participativo muy específico como el de Gondry, amparado por un cineasta de éxito y de plena actualidad, que no deja de tener ese tono de entretenimiento popular y donde el desinterés por el contenido de las películas que la gente haga, puede estar bien justificada en la palabra “amateur”, películas de gente que no se dedica al cine, que hacen eso como un hobby, que no entrañará amenaza posible a la institución cinematográfica.
Pero no hay que desecharlo sin más, el punto importante es que la oficialidad más elitista del cine, parece abrir un resquicio a un modelo de fabricación y no solo a las películas. Es una hendidura.
Lo importante obviamente, al menos para nosotros, no es lo que piense o deje de pensar la elite cinematográfica que vive en su propio planeta alejado de la realidad cotidiana de las personas, sino seguir construyendo las bases de un modelo entre y con la gente.
Tenemos entonces dos elementos para una nueva construcción del gusto. El primero decíamos, es la implantación de todo tipo plataformas locales, grandes o pequeñas, abocadas a gente específicas, donde cualquiera pueda participar habitual y colectivamente de la creación de películas.
La segunda, podría orientarse al abandono del imaginario cine como sinónimo de películas que ir a ver”, abandono de la representación cinematográfica como único ámbito del “gusto por el cine”. ¿Y si ir al cine fuera ir a hacer cine y no ha verlo solamente? Esto es algo que nosotros hemos empezado a experimentar.
El tercero elemento en la reeducación del gusto, bien podría orientarse a poner una suficiente dosis de sospecha sobre los criterios de distinción, los cánones estéticos oficiales que nos rigen el juicio estético. Estamos muy acostumbrados al dogmatismo intelectual de quien se erige en entendido y que puede sepultar o lanzar desde cualquier púlpito crítico o periodístico, una película. Ante “una opinión que se haga con la mayor seguridad en sí mismo y por mucha ironía que se quiera poner en la empresa... no es evidente que una película patentice su seguridad sobre otra, es necesario demostrarlo”, dice Laurent Jullier.
Cuenta el autor, cuánto tiempo tardó en reconocer su poca simpatía por las películas de Eric Rhomer: “venía de un medio en el que literalmente no se daba por hecho que Eric Rohmer fuera un genio; las críticas que yo escribía para mi propio placer, adolescente, demuestran retrospectivamente que no me atrevía a oponerme a aquellas elecciones que habían sido expresadas con la mayor autoridad y vehemencia por las revistas cinefílicas que yo leía en aquella época. Y después, en la universidad, tuvieron que pasar bastantes años antes de que llegara a confesar hasta qué punto la visión de las películas de Eric Rohmer resultaban un verdadero suplicio para mi... la seguridad de las alusiones que hacían referencia a su obra daba a entender qué clase de paleto sería cualquiera que estuviera dispuesto a rechazarlas.”
Pero sería altamente estéril si solo nos embarcamos en una especie de cruzada antiestética contra la élite del buen gusto. Más bien se trata de que el hábito de la producción permita una inmersión diferente en “lo cinematográfico” y que producir sea sinónimo de apropiación de la propia historia del cine, sus técnicas, sus autores, sus teorías, de una manera práctica, conducidos y seducidos por el hacer y no por el ver. Una cinefagia en toda regla. El descubrimiento de nuevas razones, de nuevos criterios, nuevas maneras de resolver viejos asuntos del cine que abra el campo de una confrontación con el canon establecido, de enriquecimiento desde y a la misma historia del cine pero no por verlo sino por hacerlo.
Son solo tres criterios que salpicamos sobre el gusto cinematográfico y a raíz del libro de Laurent Jullier. Hay mucho más para escarbar en ese territorio abandonado del “juicio del gusto”.
Deberá llegar un día en que la gente se refiera al cine como al acto común de hacerlo y no de verlo. Un momento en el que el culto a la película no sea más que un asunto del pasado.

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